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RESIDENCIA EN LA TIERRA

El Quindío. Colombia


En Enero de 2014 realicé una residencia artística en Colombia, en el departamento del Quindío, en la Finca La Sofía.  

Llegué a la residencia con el propósito de realizar un proyecto que vengo pensando desde hace ya varios años y que se basa en poder repensar ciertas nociones tradicionales que atraviesan a la escultura, tanto a la “obra terminada” como a la misma práctica. Los ejes principales que definieron mi propuesta se podrían enmarcar en dos puntos principales: uno es la reflexión sobre la asociación entre escultura y monumento, entendiéndola no sólo desde un punto de vista conmemorativo, sino como algo que tiene implicaciones ideológicas precisas. La idea de que una escultura deba erigirse, ser “grande” o - si es pequeña - tenga una carácter monumental, son sólo algunos de los factores que están implícitos en esta idea. Por otra parte e indisociado de esta cuestión esta el uso del pedestal  que implica que si la escultura no es lo suficientemente alta, por lo menos lo parezca. Sé que estos cuestionamientos se vienen realizando desde hace ya muchas décadas, y que la redefinición de la escultura no es algo nuevo. Tanto Rosalind Krauss como  Javier Maderuelo, por nombrar quizá alguno de los teóricos que mas me influyeron a la hora de abordar esta problemática, ya han reflexionado sobre la complejidad que implica el trabajo en el espacio, específicamente desde la escultura. El otro eje  sobre el que me interesó trabajar fue el de sitio específico. Siento que este concepto hoy en día se usa casi como cliché para definir cualquier práctica artística que se haga in situ, sin embargo  no se tiene en cuenta la riqueza y las implicancias de hacer una obra que dialogue y se integre con un lugar singular. Este es el punto en el que más profundicé en el tiempo que pasé en  la residencia y el que, gracias a todo lo que implica esta experiencia pude desarrollar. Y acá hago un paréntesis: “todo lo que implica esta experiencia”  quiere decir tanto  el tiempo de dedicación que le pude poner a la obra como el intercambio que hubo con los otros residentes, desde las conversaciones hasta el hecho de convivir, de poder ver al otro sumergido en la problemática de un proceso y no de una obra terminada. Todos fueron factores que directa o indirectamente me permitieron replantear mis propios procesos de trabajo, incluso más allá de esta experiencia concreta. Lo que ya sabía que iba a hacer era alterar la monumentalidad de la escultura. Si un monumento se erije, que esta escultura se hunda, que a simple vista no se perciba, que haya que descubrirla: casi como si fuese un resto arqueológico. 

Luego elegí el sitio para ubicar la obra: una acequia en el huerto de naranjos, un espacio cercano, pero invisible desde la casa principal, un poco como las esculturas que pretendía hacer, que hice. Me di cuenta que yo soy un poco así, que por momentos necesito esconderme, estar un poco aislada. Me gustó la idea de hacer un volumen negativo - la escultura - en otro volumen negativo - la acequia. Empecé a cavar un foso con la idea de hacer, con esa misma tierra, un modelado, su molde  y luego devolver este negativo a ese hueco. Pretendía algo así como solidificar el vacio.

El foso que empecé a cavar era rectangular y poco a poco empezaron a emerger las raíces. No las corté, sino las integré a lo que estaba haciendo. Sin embargo hay algo que no me convencía y era la asociación con la muerte. Quizá, inconscientemente haya algo de eso, pero mi intención se vinculaba a una reflexión más bien vivencial sobre el espacio, sobre la experiencia de mirar algo que va a hacia abajo y no con la ausencia de un cuerpo, y menos con una tumba. Por eso, traté de buscar dentro del sitio aspectos que me permitan trabajar mi idea original, “dialogar” con el lugar. Me llevé una mesita, el mate, me quedé un montón de horas haciendo huecos en la tierra y volviéndolos a tapar, estuve mirando a las hormigas y las hojas, escuchando a los pájaros, a las naranjas que cada tanto se caían. Después de estar así unos días encontré las madrigueras de los conejos, huecos en los barrancos que usan como morada. En esa acequia había algunas, deshabitadas.

Me costó cambiar el enfoque del proceso, me di cuenta que la topografía del lugar que habitamos está mucha más encarnizada de lo que uno cree. Me di cuenta que estaba tratando de hacer lo que hubiese hecho en la llanura. Para mí, que vengo de una geografía plana, lo negativo esta siempre hacia abajo, es horizontal. En la montaña, en cambio, hay “paredes”, y por lo tanto los huecos son verticales., De modo que traté de integrar las esculturas a esos huecos. Una escultura que vaya hacia adentro, que parezca infinita, que salga y se vuelva a meter, como las raíces que encontré, pensé; que quede ahí, como una ruina implantada, como un derrumbe construido, premeditado. Y que la naturaleza se encargue de ella, que el agua la llene, que las hormigas la habiten, que la tierra la sepulte, que las naranjas la tapen. Y no sé si volverán los conejos, quizá sí.

Esto es parte del proceso, construir un objeto para abandonarlo. No es algo fácil ya que sin ánimo de ser extremadamente romántica establezco un vinculo emocional con las esculturas que hago.

Un mes para construirla y quien sabe cuánto tiempo más para que se transforme o se destruya. ¿Es que esta no es la suerte que corren todos los objetos?

Quizá algún día las vuelva a buscar, vuelva a La Sofía y encuentre lo que quede, las ruinas de mis ruinas. 

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